El blog de Ana Pardo

La inocencia de Eva

Por Ana Pardo en Sábado, 10 Enero 2009. Archivado en Óleo

Óleo sobre lienzo - 81 x 100 cm

La inocencia de Eva

   No dejaran de sorprenderme las causas que acompañan siempre al origen de mis cuadros. En “La inocencia de Eva” el motivo fue mucho más singular de lo que se presupone a un mero boceto. Finalizado mi Adán y Eva había en mí un debate sobre la insistencia o no en uno de los temas bíblicos más sugerentes. Precisamente porque trata uno de los capítulos más relevantes y reveladores de la conducta humana, ideaba un motivo donde quedase reflejada esa dualidad que tanto nos caracteriza: el instinto de la singularidad frente a nuestras necesidades sociales. Nuestra necesidad de reafirmarnos como individuo sin perder la aceptación del grupo supone el nacimiento del primer conflicto moral del hombre, porque es a través de este dimorfismo cuando concibe el bien y el mal, veredictos que arbitran un desequilibrio de esta dualidad.

Este conflicto interno llamado pecado original es lo que nos ha definido como “hombres”. La Eva que traspasa el límite de lo infinito; el comportamiento masculino de Adán que desafía a Dios renunciando a la inmortalidad, tan sólo, para mostrar a la mujer un fragmento de su hombría. Si bien a este capítulo tan poético e ilustrativo de nuestra naturaleza se lo definió a través de la tentación, no deja de ser cierto que es el diablo quien nos dispersa, el diablo que todos llevamos dentro. Siendo este comportamiento inherente a la raza humana ¿puede este pecado albergar alguna connotación negativa?¿Fue Eva culpable de ser humana?

Estas reflexiones tomaron forma en un par de bocetos que seguían el esquema compositivo de Resurrección, pero un hecho inusitado cambió el rumbo de su estructura, y podría decir aun más, cambió su propio discurso.

Recibí un correo en tono jovial de un retratista americano muy simpático. Cortés y amable halagaba mi obra con la más estricta educación americana, aunque había algo en él que integra todo pintor sea cual sea su procedencia: su condescendencia; mis obras rebosarían más arte cuanto más se acercasen a su idea. Nada tengo que objetar cuando es una idea quien juzga; aunque no estuviera de acuerdo con ella, su relativismo y en muchas ocasiones su incondicional apoyo hace vana cualquier discusión. Sólo cuando se alude a una idea de arte se alerta en mí un sexto sentido, irrefrenable, combativo, no con el propósito de la autodefensa sino intentando salvaguardar la magia de aquellos talentos que tanto dignificaron la pintura.

No fue el caso. Él era un verdadero caballero neoyorquino. Puesto en materia no tuvo la estrechez de mejorarme uno de mis retratos, su generosidad llegó a cubrir tres de ellos. Sobre mi Autorretrato apenas tuvo objeciones y nada podía objetarle yo a él; se tomaron muchas fotografías de este cuadro y ninguna de ellas lograron reflejar el verdadero colorido que hacen de él un interesante estudio de técnica antigua. En Mi visión de Frida estoy convencida de que su inconfesable deseo de ver a Salma Hayek había ofuscado su visión artística. Fue con El pequeño David donde constaté que su conocimiento pictórico era inversamente proporcional a su discernimiento sobre Arte. Mi curiosidad por conocer su pintura fue inevitable, pues no será la última vez que primeras impresiones nos llevan a equívoco. Efectivamente, impecable en sus modales mi estimable crítico había logrado transferir a su pintura la pulcritud de su carácter; en sus retratos podía distinguirse perfectamente modelo y fotógrafo.

Pero el arte cubre otra dimensión, porque utiliza otros recursos. Creo que fue Ghoethe quien dijo que cuando se pinta un perro con toda exactitud, respetando cada pelo de su bigote, no obtenemos una obra de arte sino dos perros. Es evidente que el oficio hace a un pintor pero no a un artista, pese a que todo artista si conoce su oficio. Hoy día apenas se dominan los elementos apodícticos que intervienen en toda composición, tan sólo algo sobre la geometrización de las líneas compositivas, el espacio (puntos y zonas áureas) y el color (armonías cromáticas). No obstante, aun en la hipótesis de dominar todos los campos, es decir, cuando sabemos lo que hacemos y el porqué lo hacemos, es cuando aparece ante nosotros el umbral artístico, el momento en que debemos aprender a deshacer y concebir recursos que la técnica no nos da. 

En El pequeño David el afable americano aplaudió la poética de su fondo, pero lastimó enormemente la falta técnica incurrida con el cuello de la camisa. Mi estimable amigo había desdeñado el recurso más artístico del cuadro; aquello que enfatiza la pequeñez y el candor de un niño no era para él más que un error de encaje; no logró apreciar cómo la deformación de una percepción real puede acentuar una cualidad espiritual. Sin embargo, y al margen de sus carencias, sigo pensando en él como un pintor honesto. Del mismo modo que mi pintura finge una técnica peor de la que tengo o la suya aparenta un arte mayor del que tiene, en ambos casos nuestros pinceles se encaminan a transmitir una percepción de autenticidad pictórica.

Tras este breve inciso en mi trabajo retorné la mirada hacia Eva. La reflexión exculpatoria sobre su pecado se había desvanecido y, por propia empatía, mi visión de su inocencia no era ya redentora sino cándida y virginal. Como el pequeño David, Eva debía mostrar ahora pureza y simplicidad, tal y como corresponde a la primera mujer de los Sagrados Textos. Quise añadir, además, una dificultad en su composición: ser original estando a la moda, o lo que es lo mismo, ratificar sobre mí misma aquella valoración dicotómica que referí al principio y que ha servido como motor del arte a lo largo de la historia. Ahora bien, si entendemos el arte como una facultad humana ejercida por y para el hombre, cuando digo "buscar originalidad estando a la moda", mi moda no debe entenderse como un acercamiento al concepto decadente que tan premeditadamente y con tan poco esfuerzo se ha implantado en el siglo XX, a saber, la facultad humana ejercida por y para monos. Mi intuición y conocimiento han crecido guiados bajo la tutela de la tradición, y por ende, mi Eva no tuvo más opción que emerger desde esos límites; pero como ella, quise traspasar uno de ellos. No quiero que se me malinterprete, los grandes maestros siempre transgredieron algún límite, o para expresar más correctamente la labor de la tradición, siempre extendieron un poco más lejos sus líneas divisorias.

Tenía ya un boceto. Había, sin embargo, una pregunta que no cesaba de rondarme la cabeza; ¿en dónde debía extender el límite? Durante el tiempo que duró aquellas conjeturas confieso que no fueron pocas las tentaciones que tuve de ser grotesca hasta el último grado y perderme entre la algarabía del arte secular plasmando en el lienzo una costilla de cerdo pintada con mano izquierda.

Pero la sensatez siempre acaba llamando a la puerta de los justos, y aunque la idea que me sobrevino no era precisamente sensata, la libertad que casi siempre tomo al hacer renuncia de modelos físicos me permitió aplicar soluciones pictóricas arcaizantes que justificaron y equilibraron mi pequeño exceso. Si el público percibe en este cuadro inocencia y candidez habré alcanzado el efecto deseado; si obteniendo el efecto deseado gran parte de los eruditos de la pintura no reconocen el eufemismo con el que me distancio de la ortodoxia clásica habré constatado, entonces, una fracción de originalidad.


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